La facilidad de acceso a todo un mundo de información, de conocimiento y de relaciones, que la tecnología nos permite, puede ser también una trampa imperceptible  que nos cierra y nos cerca. Convertir el universo virtual en un espacio adecuado para la vida social es un reto que necesita compromiso.

 

El mundo es un pañuelo, dicen. El avance tecnológico nos acerca a la aldea global, dicen. Estamos todos interconectados en una red planetaria, dicen. ¿Seguro que esto va así? ¿De verdad estamos todos dentro de una gran burbuja universal? O, mejor dicho, ¿el mundo se parece a un enorme patio de colegio con multitud de burbujas de colores? Seguro que más de una vez habéis hecho burbujas de jabón. Cada una va por libre, la podemos estirar y, si somos muy hábiles, agrandar. Difícilmente las podemos unir, cuando se tocan tienden a estallar y solo con mucha delicadeza, algunas se acaban fusionando.

En la red, se impone el verbo share (compartir), pero el valor que a veces predomina es el egoísmo. Conseguir likes (me gusta), cuantos más mejor, refuerza la confianza, la propia personalidad y consolida la presencia dentro de una burbuja de un color determinado. Allí, todo toma aquella tonalidad que nos gusta. La gente habla de aquello que nos interesa, dice lo que queremos oír, nos informamos sobre nuestros intereses. El sociólogo francés Jean Baudrillard decía que ‘la pantalla de los dispositivos móviles es un desierto y un enjambre’. Un desierto que nos puede aislar y un enjambre que nos puede encerrar en un ‘nosotros’ poco permeable.

Tomar conciencia de las burbujas en las que podemos estar instalados, tanto en el mundo virtual como en el físico, puede ser un primer paso para convertir las burbujas en círculos. Espacios que no estallen cuando se acercan entre ellos, sino que busquen intersecciones cada vez más amplias con burbujas de muchos colores distintos. ¿Por qué limitarse a un solo color, pudiendo gozar de la policromía? Seguir medios poco afines a nuestros posicionamientos, interactuar con personas que piensan diferente, abrirnos a descubrir nuevas formas de entender el mundo, nos puede resultar fatigoso y, a veces podemos tener alguna sorpresa e incluso algún disgusto. Nada que no sean ingredientes necesarios para sentirnos constructores de una sociedad más tolerante, más libre, más propensa a establecer vínculos que a deshacerlos. En definitiva, soplar a favor de burbujas que confluyan sin estallar y sin perderse.

Artículo publicado en la revista 176 –  Enredados.

Ilustración: mbofill_art

Francesc Brunés
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