Gobernar un país tiene sus dificultades, gobernar el mundo no es una meta al alcance de nadie y, al mismo tiempo, asequible a todos. Mi artículo anterior hablaba de la globalización. Vivimos en un mundo económicamente global, pero política y socialmente fragmentado. Se alzan muchas voces que reclaman una especie de gobierno de alcance mundial. Pero vayamos por partes.

Gobernar implica dotarse de un sistema político, es decir, disponer de un conjunto de agentes, instituciones, organizaciones y también creencias, actitudes, valores y normas que hagan posible los procesos de decisión política. Si el mundo fuese como un saco, donde se apretujasen sus elementos como una masa uniforme, se podría pensar en un poder regulador a nivel planetario. Pero resulta que el mundo continúa siendo profundamente local y diverso. Lo vemos claramente incluso dentro de los mismos Estados. La aparición histórica del Estado, en los inicios de la Edad Moderna, concentró el poder político en una unidad, partía de una base falsa: un estado, una nación. Esto sólo se cumple de forma excepcional, ya que lo más habitual es la coexistencia de diversas naciones dentro de los Estados. A veces encaja bien (Estados Unidos, Alemania…), pero en otras ocasiones la cosa es más complicada (Canadá, Reino Unido, España…).

La finalización de la guerra fría provocó un cambio en el orden bipolar (Estados Unidos – Unión Soviética), propiciando un impulso de las relaciones multilaterales que hizo entrar en crisis la soberanía de los Estados. El poder quedó difuminado y descentralizado. Los centros de decisión diversos y transversales limitan el poder y la capacidad de decisión de los Estados. Estos presentan problemas para mantener su legitimidad, ya que no pueden dar respuesta eficiente a muchas de las demandas ciudadanas. Las redes globales ignoran las fronteras y ponen en crisis el principio de territorialidad. Se produce un divorcio entre los intereses del capital y los de los Estados, y una subordinación de la política a la economía.

El conjunto configura un escenario en el que el director de escena no puede ser único. Se configura una obra en la que los actores, los escenógrafos, los porteros, los maquilladores, los apuntadores… se convierten en protagonistas y directores al mismo tiempo. Por todo esto a finales del siglo XX empezó a hablarse de «gobernanza global». Es necesario tener en cuenta que, cuando buscamos caminos para sacar adelante este mundo «glocal», no podemos hablar de gobierno, sino de gobernanza. ¿Qué diferencia hay entre estos dos términos? Hablar de gobierno implica una actividad estructurada a partir de una autoridad formal, con poderes políticos que aseguran la ejecución de las decisiones tomadas. En cambio, cuando hablamos de gobernanza, nos referimos a actividades que pueden derivarse o no de formas legales o formales, y que no se basan en las fuerzas políticas. Se trata de un concepto más amplio que comporta la presencia de instituciones gubernamentales y, al mismo tiempo, de otros mecanismos informales y no gubernamentales, sin una clara jerarquía de poder entre los diferentes actores. S. Linkelstein, en el primer número de la revista Global Governance (1995), decía que la gobernanza global es «la actividad de gobernar, sin autoridad soberana, las relaciones que trascienden las fronteras nacionales».

La necesidad es urgente, pero el tema no está –ni mucho menos– resuelto. No es posible que la economía campe a sus anchas, mientras los gobiernos locales se esfuerzan en poner puertas al campo. El planeta se nos funde en las manos, mientras los acuerdos se vinculan a una especie de mercado del medio ambiente. Alguien, con una autoridad que no puede derivar de la fuerza, debe poder tomar las riendas, calmar los caballos ahora desbocados y hacer virar el carro hacia un desarrollo sostenible para todo el mundo. Lejos de la solución, cualquier intento de un mesías salvador (persona o país) capaz de instaurar un orden jerárquico mundial. Este «alguien» sólo puede ser un tejido de relaciones, alrededor de un proyecto compartido, buscando la unidad en la diversidad. Son muchos los expertos que hacen sus aportaciones sobre este tema, ofreciendo un abanico de ítems a considerar.

Los profesores David Hels y Anthony McGregor proponen la «multilateralidad», visión plural de la autoridad, geometría variable, complejidad estructural, transformación de los gobiernos nacionales, emergencia de nuevas modalidades de toma de decisiones globales. En tanto, Jean Christophe Graz y Andreas Nölke consideran la gobernanza global como una forma de organización política que se basa en la lógica del poder policéntrico, multinivel y multiespacial, que va más allá de una lógica de acción informal y no jerárquica. Valiosas aportaciones del mundo académico que necesitan inevitablemente otros ingredientes, provenientes de los más diversos ámbitos del conocimiento humano.

En este sentido, resulta muy orientador el análisis del capítulo V de la encíclica Caritas in veritate (2009) del Papa emérito Benedicto XVI. Este capítulo, dedicado a «la colaboración de la familia humana», apunta la necesidad de una reforma de la organización de las Naciones Unidas y de la arquitectura económica y financiera internacional (Banco Mundial, FMI, Organización Mundial del Comercio), para poder dar una concreción real al concepto de familia de naciones. Parece claro que instituir un grado superior de orden internacional para gobernar la globalización debe estar íntimamente ligado, por una parte, al desarrollo de los pueblos, que depende en buena medida del reconocimiento de todos ellos como miembros de la familia humana. Y, por otra parte, al hecho de no caer en la trampa de querer construir una especie de Estado mundial que reproduzca a escala planetaria las estructuras de los Estados. Bien al contrario, es necesario encontrar las vías para globalizar la democracia, permitiendo la configuración de una gobernanza «glocal», en la que lo local y lo global no resulten excluyentes, y donde el sistema implique un reparto equitativo del poder mundial, que dé la palabra a los necesitados, proteja la libertad de todos, respete el medio ambiente y la sostenibilidad y equilibre las estructuras de poder.

¿Existe algo más ilusionante, y al mismo tiempo comprometido, que encontrarnos inmersos en un momento histórico de construcción social, que requiere la aportación de todos y cada uno de nosotros?


Este artículo se publicó en Ciudad Nueva (Abril 2017)

Francesc Brunés

Col·laborador habitual de Ciutat Nova i també ... professor d'economia (jubilat), pare de dues filles, gironí d'adopció d'esperit universal, defensor de causes més o menys perdudes i, quan cal, conferenciant i tertulià.

Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), padre de dos hijas, gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas y, cuando hace falta, conferenciante y tertuliano.
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