A finales de 1948, miembros de las Naciones Unidas reunidos en París, redactan lo que sería la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Setenta años después, hay que reconocer los progresos conseguidos para transformar y mejorar las relaciones entre personas y países. Pero honestamente, también es necesario reconocer que, por ahora, las desigualdades extremas se propagan, la intolerancia aumenta, la capacidad de diálogo entre las fuerzas políticas se debilita y el enfrentamiento y las ganas de derrotar al adversario son prácticas habituales en el ámbito político y social.

Se observan importantes recortes en la libertad de expresión. El periodista saudita Jamal Khashoiggi, brutalmente asesinado en el Consulado saudita de Estambul, un ‘rapero’ perseguido por las letras de sus canciones o personas detenidas por todo el mundo por su forma de pensar o de sentir. La dinámica que se observa en diversos países europeos, pone de manifiesto la fragilidad de las democracias, que se adaptan sencillamente a las necesidades del más fuerte. Esto es una amenaza para las democracias, como también lo es que sea el mercado quien moldee la sociedad a su gusto, cuando debería ser al revés, que la sociedad emplazase a los mercados para que estén a su servicio.

Todo sumado, genera una sociedad en permanente estado de cambio, que no genera ni confort, ni seguridades. Dábamos por hecho que las tradiciones y convicciones, se irían transmitiendo de padres a hijos y no ha sido así. Nos encontramos en un terreno resbaladizo donde a menudo se busca articular unas mayorías que expulsen de la realidad a las minorías, consideradas molestas y que se cree que deben ser arrinconadas, reprimidas y castigadas.

En un entorno como este, los profesionales del mundo de la educación tienen una misión vital. Formar a las nuevas generaciones para vivir en un entorno complejo y, a veces, hostil; ayudar a pensar y a poner en cuestión todo aquello que ya dábamos por hecho. Un camino que debe permitir pasar del individualismo a la relación de calidad, incluyendo también la relación intergeneracional, poco cultivada y absolutamente necesaria, porque la experiencia de los adultos, sumada a la fuerza y energía de la juventud, puede ser un nexo poderoso que favorezca el cambio.

Antoni Pedragosa

Llicenciat en Ciències Químiques, Màster en Astronomia, casat amb la Blanca, dos fills, quatre nets, col·laborador habitual de Radio Estel, Ciutat Nova, i CAT-Diàleg. Assessor ocasional de la Eurocamara en temes de medi ambient.

Licenciado en Ciencias Quimicas, Màster en Astronomia, casado con Blanca, dos hijos, cuatro nietos, col·laborador habitual de Radio Estel, de Ciutat Nova i de CAT-Diàleg. Asesoramientos especiales en la Eurocamara,en temas de medio ambiente.
Antoni Pedragosa

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