Hoy, pasados diez días de los atentados en Barcelona y Cambrils y tras haber escuchado un montón de opiniones, reflexiones, exabruptos (pocos, porque me duelen), mirado y escuchado noticias y haberme serenado un poco, he pensado que para cerrarlo, para acabar con este estado anímico que me está empezando a minar, intentaré escribir lo que siento y lo que pienso de todo.

En la radio han hablado de la manifestación por la paz de ayer, en el Clarín de Argentina dicen que los independentistas reventamos la manifestación, un diario alemán, que llevábamos rosas amarillas y rojas para simbolizar la bandera española. Mentiras, desinformación, ignorancia. Dicen que la ignorancia es muy atrevida y es verdad. Estos días he apreciado mucha ignorancia, odio y desconocimiento. Y a mí esto me da mucho miedo.

Ayer se quería que gritáramos el eslogan «no tenemos miedo», y tenemos de miedo, pero el hecho de decirlo quizás nos lo hace más ligero, nos parece que no nos bloquea tanto.

Desde el primer momento, cuando pasó todo, con noticias confusas y comentarios en contra del colectivo de personas venidas de países donde gobierna y se practica el Islam, empecé a temblar. No cerca a nadie con quien hablar de lo que estaba sucediendo. Por teléfono dos personas cercanas hicieron comentarios sarcásticos, y yo tenía una piel de gallina permanente y temblor en las piernas; tenía mucho miedo por todo lo que hubiera podido pasar y que por suerte no ha sido; me venían a la cabeza pensamientos muy negativos; pensaba en la posible militarización de la ciudad, que no ha pasado; en posibles revueltas en los barrios donde vive más población magrebí, que tampoco; en segregación, en disputas … Nada de esto pasaba y yo me iba calmando. En otros países de Europa donde ha habido atentados, sí, aquí no.

Contacté con hijas y nietos, hermanas y amigos y amigas más cercanos. Todos estaban bien, todos daban su punto de vista y yo me sentía más segura.

Qué país, el nuestro, tan civilizado, tan solidario, tan calmado ante las situaciones límite. Me sentí orgullosa de mi país.

AQUELLA MAÑANA yo había ido a hacer una gestión en el Registro Civil y al volver, era temprano, las diez y media, decidí subir por la Rambla desde “el Carrer Ample” y hasta “el Pla de lÓS”, todavía no había llegado el grueso de turistas que invaden nuestras calles y lugares más queridos; en todo el verano no había bajado hasta allí, a mis calles de infancia, cuando íbamos de la Plaça dels Àngls, donde vivía un abuelo y tíos, hasta Casanova / Sepúlveda donde vivían los otros abuelos, cruzando el Raval.

Toda la familia bajábamos en metro en Catalunya y Rambla abajo hasta Belén a misa. Y a continuación, por la calle del Carme, a casa del abuelo a comer.

Y después de comer, por las calles Peu de la Creu, Joaquim Costa, la Ronda, el Price y la Moritz, donde enfrente vivían los otros abuelos y tíos.

La escapada de ese día fue como un atrevimiento y me dije: a ver qué pasa, si está muy lleno de guiris rompo por la plaza Real y para casa. Y no, paseé, rambleé hasta la calle Santa Anna.

POR ESO MI DESAZÓN CUANDO POR LA TARDE ESTALLÓ TODO, y la negatividad que afloraba y hacía que me dijesese: no volveré, esto es demasiado horroroso, nos han roto la ciudad…

Y no, nada de eso ha acabado pasando, ha prevalecido la cordura, la comprensión, la diversidad, la amplitud de miras de mis conciudadanos.

Y mientras se iban aclarando los hechos y supimos quien había llevado a cabo aquel desastre, otro sentimiento muy profundo comenzó a sacudirme en medio de muchas dudas y confusión: ¿Por qué aquella masacre? ¿Por qué aquella gente que paseaba por nuestra Rambla tenía que pasar por aquello? Porque aquel chico tan joven (según las primeras informaciones) había perdido el juicio y todos los valores que tenía? ¿Por qué sus familias, especialmente su madre, tenía que pasar por ese dolor tan inmenso?

Y al cabo de unas horas, en Cambrils, vuelta a empezar.

AQUELLA NOCHE conseguí dormir y al día siguiente cuando me levanté, sí que el mundo se me vino abajo; entre noticias confusas y miedo, mucho miedo, no salí de casa en todo el día.

Me contaminé el cerebro con noticias que llegaban desde aquí y en algún momento tuve la tentación de escuchar las de televisiones del país vecino y entonces sí que reaccioné y empecé a tomar el control de mí. No podía tener miedo, con miedo no saldríamos, y menos con el miedo en el cuerpo que nos iban poniendo desde fuera. Y afloró la empatía, había estado bloqueada, empecé a ser capaz de mirar y escuchar cómo se sucedían los acontecimientos, casi en directo. Y entendiendo la parte positiva, a pesar del dolor por las víctimas más directas, fui capaz de agradecer desde dentro de mí el trabajo que estaban haciendo los taxistas, los dependientes de comercios, las floristas de la Rambla, los bomberos, los de emergencias, la gente que iba apoyando durante toda la primera noche y madrugada, los medios informativos de nuestro país, los servicios médicos, y tantos otros, que estaban haciendo que la tragedia tuviera una parte positiva. Afloraba lo mejor de nuestra sociedad a pesar del dolor tan fuerte.

Y las dudas, los interrogantes, la incertidumbre, el no entender nada, los intentos de mi mente por dar explicaciones simples de cosas que no las tienen. ¿Por qué los que sufrieron en primera persona los efectos de los ataques, debían ser precisamente ellos? ¿Por qué Pau Pérez, el chico de Vilafranca, tuvo que morir de esa manera tan bestial? ¿Por qué, de madrugada, un solo mozo había abatido a cuatro chicos jóvenes, que también habían agredido y matado? ¿Por qué chicos tan jóvenes se habían radicalizado de esa manera tan brutal, tan incomprensible para sus familias, amigos, maestros y educadores? ¿Por qué nadie se había dado cuenta? ¿Por qué damos la culpa a la religión cuando el terrorismo es puro juego político? (Para mí, la religión es la excusa). ¿Por qué los países que trafican con armas y los que apoyan económicamente a los terroristas se quieren hacer pasar por buena gente y guardianes de la paz? ¿Por qué el rey de Marruecos, amigo del de España, no ha dicho ni mu todo este tiempo? ¿Por qué no han condenado los ataques? ¿Por qué el ministerio de Justicia español no avisó que el imán había estado en la cárcel? ¿Por qué?…

Y a medida que pasaban las horas, porque tengo la sensación de que han sido horas, no días, llegaba la «politización», como lo llaman los que dicen que ellos no politizan. Siempre pasa igual, los humanos somos seres sociales y por tanto políticos. Entiendo la política como herramienta de organización de la sociedad en que vivimos, hace muchos años que lo entiendo así y creo que no se puede separar lo que sucede en una sociedad de la política. Y pues, asimismo pasó.

EL SÁBADO POR LA MAÑANA, cuando aún no hacía cuarenta y ocho horas que había empezado la tragedia, me levanté temprano y decidí que bajaría a la Rambla. La excusa era ir a buscar un libro y lo hice, sola.

Al pasar por Sant Jaume, acababan de abrir el Saló de Cent con los libros para las firmas de condolencia de la ciudadanía. Entré, no hice cola, éramos los primeros, acababan de firmar las autoridades y me impresionó el silencio, el respeto con que todos nos movíamos. Tenía la sensación de entrar en un lugar especial; la última vez que había estado allí, bastantes años antes, era con los niños y niñas del Hogar, en una fiesta para los chavales, y el alboroto era importante. Aquel sábado, a las diez de la mañana, la gente hablaba en voz baja, y un rato después, al llegar a la Rambla, sólo se oía el ruido del tráfico, coches y autobuses arriba y abajo, bastante gente paseando, mirándonos a la cara, sobre todo cuando llegué ante la cerámica de Miró completamente tapada por flores, velas y rótulos de todos los tamaños. Las personas nos mirábamos y cada uno manifestaba el pésame a su manera. Unos lloraban, otros cuchicheaban con los compañeros, otros hacían fotos, otros rezaban, encendían velas, pero todos con un respeto, miradas y actitud que imponían.

Rambla arriba, cada pocos pasos los árboles estaban llenos de post-its, flores, velas, pequeños altares en recuerdo de los que horas antes habían sido empujados, atropellados, arrastrados por la camioneta en su trayecto loco y asesino.

AL LLEGAR A CASA intenté escribir lo que ahora estoy haciendo, pero no era capaz. Me sentía vacía y, al mismo tiempo, demasiado llena de pensamientos contradictorios, de dudas, de negatividad; no conseguía, ni los días siguientes, hacer aquel silencio al que estoy tan acostumbrada. Tenía el corazón y la cabeza llenos de no sé qué, pero me sentía vacía e incapaz de explicarlo, de comunicarme.

Fue ayer, volviendo de la manifestación, de compartir todos estos acontecimiento con tantas otras personas, todas con una misma intención: «Que no pase nunca más», a pesar de ideologías diferentes, que estaban allí, sólo había que ver las banderas y sentir algunas conversaciones. Incluso siendo tan diversos, 500.000 personas juntas, deseando que nunca más se repitiera una tragedia como aquella, me haría efecto aunque estaba reventada por el calor y estar de pie tantas horas. Esta mañana, cuando me he levantado, me he sentido con ganas de escribirlo, de dejar constancia de cómo he vivido estos diez días tan y tan especiales.

Cuando anoche miraba las noticias del canal 3/24 y hacían el repaso de todos los actos de Cambrils, Ripoll y Barcelona, tuve la certeza de que todo lo que ha pasado nos hará crecer como personas, como sociedad. Ver aquellos padres que han perdido a su hijo de tres años abrazados al Imán de su ciudad, sentir la hermana de uno de los terroristas, triste y abatida, pidiendo perdón y que no se les culpabilice; viendo como todas las concentraciones que ha habido estos días por todo nuestro pequeño país, a todas había personas musulmanas. Todas sus comunidades han salido a la calle a mostrar su rechazo a la violencia. Incluso en la mani de ayer en Barcelona, banderas españolas y catalanas, pancartas acusando el rey y otros dándole las gracias («gracias, majestad», no sé de qué), incluso con eso, íbamos juntos y no hubo ningún altercado.

Y recordando todo lo que han explicado estos días los maestros de los chicos terroristas, los magrebíes, paquistaníes, musulmanes o no, pidiendo que no se les culpabilice, con la cara bien alta, sin miedo, aunque la tienen, recordando todas estas experiencias de estos días, artículos en los periódicos de personas que lo saben expresar mucho mejor que yo, todo ello, me hace decir gracias. Gracias a esta sociedad donde vivimos que, a pesar del dolor y la incomprensión de unos hechos terribles, es capaz de salir a la calle en paz, de demostrar que no es que no tengamos miedo, es que no queremos tenerlo. Estamos dispuestos a convivir con las diferencias, a superar la situación, a cambiar actitudes para mejorar, a poner más esfuerzo, porque ahora todos sabemos, por experiencia, que si lo hacemos, seremos una sociedad más abierta, más pacífica, más respetuosa de lo que hemos sido hasta ahora.

Assumpta Vallvedú

Nascuda l'any 50. Mare de dues filles, àvia de 3 néts, mestra de Llar d'Infants. Llegeix molt i passeja, bada, escolta, mira... aprèn.
Nació en el 50. Madre dos hijas, abuela de 3 nietos, maestra de Educación Infantil. Lee mucho y pasea, se distrae, escucha, mira... aprende.
Assumpta Vallvedú

Latest posts by Assumpta Vallvedú (see all)