Quizá no contábamos con ello, tal vez no es evidente, pero la cultura “líquida” actual, un medio propicio para aprender a fluir, nos puede predisponer a la dimensión espiritual, más que un entorno rígido donde todo está establecido por adelantado.

Tras la caída de un mundo de seguridades y certezas podemos decir que entramos en la era y también en la espiritualidad del fragmento. En este artículo, Javier Melloni nos muestra pistas para entender este resurgimiento de la espiritualidad, así como criterios de discernimiento.

La identidad líquida

Hace unos años, el filósofo polaco Zygmunt Bauman hizo un severo diagnóstico de la sociedad contemporánea identificándola como modernidad líquida. Considera que las identidades actuales se parecen a la costra de la lava que se endurece y vuelve a fundirse continuamente, cambiando de forma sin cesar. Las identidades parecen estables desde fuera, pero en verdad son sumamente frágiles y están sometidas a un desgarro constante. La identidad no tiene ningún soporte externo. Cada cual tiene que fraguarse provisionalmente la suya para sobrevivir. Según los planteamientos de Bauman, el valor que impera en la modernidad líquida es la necesidad de hacerse con una identidad flexible y versátil para enfrentarse a las distintas mutaciones que el sujeto ha de sufrir y asumir a lo largo de su vida, sin que exista ningún núcleo consistente sobre el que arraigarse y vertebrarse. Hasta aquí el diagnóstico de Bauman.

Sin embargo, esta misma cultura también puede ser un medio propicio donde aprender a fluir. En este sentido, predispone para la dimensión espiritual, más que en un entorno rígido donde todo está establecido de antemano. Debemos indagar en qué consiste esta espiritualidad emergente que no parte de los referentes que hasta ahora nos han constituido. El significado de espiritualidad en su sentido más genuino nos viene dado por su etimología: spiritus, pneuma, “aire”, “viento”, “aliento”, “flujo”. Así lo dijo el propio Jesús a Nicodemo, que veía tambalear sus certezas: “El espíritu no sabes de dónde viene ni a dónde va” (Jn 3,8). ¿No hay, pues, una sabiduría en este momento incierto que nos invita a dejarnos llevar?

Todo esto no está desconectado con el entorno en el que vivimos. Me refiero más concretamente al desarrollo de las nuevas tecnologías y al fenómeno de internet. Tras la desmembración de un mundo cerrado y monolítico y de una mentalidad lineal, que daba mucha seguridad pero que también aprisionaba y excluía muchos ámbitos de realidad, la información cruzada e instantánea supone la caída de un mundo de seguridades y certezas para entrar en la era y también en la espiritualidad del fragmento. Frente a las grandes verdades religiosas de antaño, se proponen visiones provisionales y adaptativas. Ello no conduce necesariamente a un relativismo corrosivo, sino que también puede abrir a un nuevo modo de concebir la vida del espíritu como indagación constante, como desplazamiento continuo, tal como han señalado los místicos de todos los tiempos. La información es portadora de novedad. Es todo lo que crea sentido y sinsentido, realidad y no realidad, percepciones, conocimientos, vida. La información es todo lo que crea una modificación, un cambio en el estado del saber. Pone forma (in-forma) donde antes no había ningún contorno. El universo se construye permanentemente gracias a un aumento constante de información y nuestra cultura internáutica, junto con el desarrollo de los medios de comunicación y de transporte, es vehiculadora de este impulso creador que contiene una dimensión trascendente, aunque no se explicite.

Un emerger inesperado

En verdad, esto es lo que está sucediendo desde finales del s.XX y en estas dos décadas iniciales del s.XXI. Estamos asistiendo a un fenómeno que ni los mejores analistas del siglo pasado habían previsto. Aquella muerte de Dios preconizada por los grandes filósofos del s.XX no se ha producido, sino que se ha dado una purificación y una mutación de determinadas ideas sobre Dios. Ya lo dijo Rainer Maria Rilke: “A pesar nuestro, Dios madura”. No es que Dios madure. Lo que madura son nuestras imágenes de él a medida que vamos madurando nosotros.

El cruce de confluencias en el que nos encontramos es resultado de la superposición, yuxtaposición y simultaneidad de procesos personales y colectivos, internos y externos a la vez. Por un lado, si bien el ateísmo perdura, más bien ha dejado paso al politeísmo y al pluriteísmo. El mismo ateísmo combativo y beligerante del siglo pasado da paso a una generación que, más que considerarse atea, se considera ateísta, en el sentido que lo que niegan es un Dios personal, pero están abiertos a considerar una dimensión trascedente o espiritual del ser humano. El pluriteísmo designa el fenómeno de la multirreligiosidad que se está dado como resultado de las migraciones y de la globalización. El politeísmo, en cambio, hace referencia a la exaltación del deseo y de las apetencias que lleva a idolatrar lo relativo, a absolutizar lo efímero y a sacralizar lo banal.

Todavía hemos de mencionar otros dos fenómenos: el retorno de lo religioso a través de las identidades institucionales o comunitarias de antaño en sus diferentes formas de conservadurismo, o más radicalmente, los fundamentalismos, ya sean defensivos u ofensivos. En el otro extremo, asistimos a un renacer de la búsqueda espiritual al margen de las religiones milenarias. A este fenómeno se le llama “espiritualidad sin religión”.

Interreligiosidad, transreligiosidad y postreligiosidad

Al tratar de identificar las claves de este complejo panorama, nos encontramos con otros tres términos que apuntan a fenómenos emergentes diferentes: la interreligiosidad, la transreligiosidad y la posreligiosidad.

La primera se refiere al encuentro y diálogo entre las religiones a partir de la especificidad de sus identidades. Los movimientos interreligiosos buscan el respeto y el conocimiento en la diferencia para convivir en un espacio común donde cada tradición pueda vivir y aportar sus valores.

La transreligiosidad pone el acento en lo que tienen en común las tradiciones religiosas, el legado de sabiduría que aportan a la humanidad, más allá de sus denominaciones de origen. El encuentro interreligioso se entiende como un punto de partida para algo que todavía está por explorar. Resuena aquí el episodio de Abraham cuando fue llamado a dejar la tierra de sus padres para adentrarse en un territorio desconocido (Gn 12). Partió con la confianza en un Dios mayor que el que había conocido hasta entonces. Hoy, esta llamada es hecha a los fieles de todas las religiones con la esperanza de que si todas ellas aportan lo más bello y noble de su sabiduría, podrán ofrecer a la humanidad los recursos que necesitamos para responder al reto civilizatorio en el que nos encontramos.

La posreligiosidad, en cambio, considera que las religiones institucionales y milenarias ya han hecho su contribución al desarrollo de las culturas y de las civilizaciones, con sus luces y sus sombras. Entiende que en el estado actual del desarrollo de la conciencia humana las religiones se han de retirar para dejar paso a otro tipo de manifestación espiritual para la cual la palabra religión ya no es pertinente.

Ontonomía (o teonomía)

La emergencia de este nuevo paradigma puede ser llamado ontonomía, “el orden del ser”, o teonomía, “el orden de lo divino”, en el que Dios que no concebido como un Ser supremo y ajeno al mundo ni a la consciencia sino como la profundidad y consistencia últimas de todas las cosas. Este momento ontónomo o teónomo vendría después de dos momentos anteriores: el heterónomo, donde Dios es considerado como un Ser y Juez supremo que rige todos los órdenes de realidad y al que hay que obedecer, y el momento autónomo, que responde a la emancipación del yo frente a esa instancia externa. El emerger de la espiritualidad sin religiones o de una nueva forma de comprender la religión percibe la trascendencia en el corazón de la inmanencia, lo sagrado en el corazón de lo profano, y se vislumbra al Ser Último como una Presencia que, sin dejar de ser trascedente, es íntimamente presente y cercana, en el corazón de lo que es. Esta espiritualidad también es llamada interioridad, la cual no se opone a la exterioridad, sino a la superficialidad. En esta actitud ontónoma –o téonomase supera la instancia yoica de la emancipación autónoma de la razón para ir en busca de una mayor profundidad y a la vez una mayor conciencia de la relación de todo con todo. En este estadio, la palabra clave es la no-dualidad.

Criterio de discernimiento: la triple apertura

Si entendemos la espiritualidad como escucha y apertura, la clave está en discernir si las nuevas formas de búsqueda de interioridad, de sentido y de trascendencia liberan a nuestros contemporáneos de estar confinados en sí mismos, abriéndolos a las tres dimensiones de la realidad:

Hacia Dios o el Misterio, sea como sea que nombremos al Ser último y primero sostenedor de todo lo existente, el Ser-más- allá-de- todo (Deus Semper maior) y, a la vez, el Ser-más-acá-de-todo (Deus intimor intimo meo). Si bien los nombres indican una dirección también pueden ser un obstáculo. La apertura al Misterio conlleva un gran respeto por los diferentes caminos que se adentran en él. Ello abre la vía mística.

Hacia el sacramento del hermano, formando una sensibilidad ética cada vez mayor. El mundo globalizado en el que vivimos requiere conocimiento de la compleja sociedad en la que estamos para promover diferentes formas de solidaridad y lograr el cambio social. No nos es permitida la ingenuidad. Ello abre la vía ética.

Hacia el respeto y veneración por la tierra. El antropocentrismo de los últimos siglos ha tenido graves consecuencias en nuestro trato con la naturaleza. La espiritualidad emergente señala de muchos modos la necesidad de restablecer los vínculos con la tierra. Ello abre la vía ecológica.

Esta aproximación integral a la realidad es, sin duda alguna, una característica de nuestro tiempo en el que convergen múltiples perspectivas y disciplinas. Todos los accesos se perciben cada vez más complementarios y necesarios para abrirnos al misterio de la existencia, el cual se manifiesta de múltiples maneras y no se agota en ninguna interpretación.

 

Xavier Melloni | Antropólogo, teólogo y fenomenólogo de la religión. Jesuita y profesor de teología. Conoce a fondo los Ejercicios Espirituales, así como los textos de las diversas religiones. Pone en contacto elementos de la mística hindú con la cristiana.

¿Quieres conocer más a fondo a Xavier Melloni, el autor de este artículo? No te pierdas la entrevista que Ciutat Nova le hizo para el número 166. Puedes encontrarla aquí.

 

Artículo publicado en la revista número 178, Luz Invisible, ya disponible en Amazon.

 

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