Ya no se sentían invencibles, ni les apetecía malgastar esfuerzos luchando contra la evidencia. Pero ahora, gozaban de una lucidez renovada en la mirada, una conciencia de la fragilidad humana que, contrariamente a lo que habían previsto en el pasado, les aligeraba la carga. Había algo de natural en el hecho de reconocer ciertas complejidades sin respuesta, en afirmarlo todo de lado, de refilón, dando más peso a las intuiciones que a las certezas.  Dejando espacios en blanco que quedarían sin llenar, tal vez para siempre. Describiendo con pinceladas gruesas una realidad confusa, poliédrica, dejando que los colores se sobrepongan a la (im)precisión de que sólo brinda el azar. Jugar a comprender. Mirárselo todo al final y dormir tranquilos por las noches. Somos de los afortunados que podemos tomarnos estos lujos, y ahora, puedo entender que estas líneas resulten ofensivas para muchos. Tampoco quiero lavarme las manos de ello, pero como todos, tiendo a ver lo que me encaja por trayectoria vivida. Nadie está totalmente libre de su bagaje.

Y de aquí viene el reto de entendernos y empatizar; darnos cuenta de que, de haber vivido la vida del otro, seríamos el otro. Como mínimo, una versión bastante similar. Que si hubiésemos crecido en su familia, que si nos hubiesen educado las mismas personas en los mismos contextos con las mismas condiciones, difícilmente diferiríamos demasiado entre nosotros. Y por esto creo que vale la pena esforzarnos en escuchar, en encontrarle un sentido a los esquemas ajenos en base a las trayectorias ajenas. Identificar su coherencia interna. Reconocer, por mas contraintuitivo que nos pueda parecer, que el otro no está loco por pensar lo que piensa, por hacer lo que hace. Que simplemente es una consecuencia lógica de la vida que ha vivido, del tipo de gente con la que se ha rodeado. Y esta comprensión, que no es exigible ni exime de responsabilidades o condenas, sí que pienso que facilita enormemente la compasión, el perdón, el encontrarse en un punto medio. Especialmente con aquellos a quien amamos, que acostumbran a ser también aquellos con mayor capacidad para herirnos.

En el momento en que comprendo de dónde provienen las heridas ajenas, el dolor que el otro arroja sobre mí, este dolor ya no es sólo mío, sino compartido. Los reproches y la rabia que sentimos hacia la persona que nos hace daño, se diluyen porque cuesta culpabilizar a un sonámbulo que no sabía lo que hacía. Un sonámbulo que ataca sin quererlo porque también él es vulnerable. Es entonces, cuando tomamos conciencia de ello, cuando tendemos mucho más hacia el cuidado mutuo, el entendimiento recíproco, el querer ponerme en tu piel para saber qué necesitas, como puedo ayudarte. Y todo este proceso, en cierta manera, nos despoja de nosotros, de nuestras propias heridas. De nuestros esquemas internos y formas de hacer. Aprendemos a ver la vida a través de los ojos de los demás y recordamos que no todo es como nosotros lo concebimos. Que aquello intuitivo es relativo, y lo que damos por descontado y sabido no tiene porqué serlo para todo el mundo.

Que las expectativas que depositamos en las personas de nuestro alrededor, y el cómo queremos tratar a los demás y que ellos nos traten a nosotros, no tienen porqué coincidir con sus expectativas. “Haz a los demás aquello que quieres que te hagan a ti” sería una guía moral fantástica si todos quisiéramos lo mismo, que no es el caso. Así pues, tenemos que aprender a movernos entre aguas y a jugar a este equilibrio entre lo que yo quiero y lo que quiere el otro, a cuidar a aquellos que amamos mirando aquello que les conviene, sin dejar de ser nosotros ni abandonar nuestros valores. Respetar las distancias o adelgazarlas, dar un paso hacia atrás o hacia adelante, tragarse las palabras o escupirlas; dependiendo de dónde se encuentre cada uno.

Encontrar la intersección entre todas estas variables creo que es uno de los ejercicios de conocimiento más enriquecedores que se puede compartir con una persona. Y cuanto más diferentes sean estos esquemas internos entre dos individuos que se aman, más amplio será el aprendizaje y más milagroso que consigan encontrarse en un punto medio. Que cada parte se esfuerce para acercarse a la manera de ver las cosas de la otra, y que sea cada vez más natural actuar espontáneamente tal y como lo haría el compañero o la compañera. Es probable que esta interacción con la diferencia acabe por acercarnos más a todos a nuestro propio centro.

“Que lo que yo soy y lo que tú eres

poco a poco se acerquen más

para poder amarnos

en un punto medio.

Para aprender a cuidarnos

y permitirnos la libertad

en un punto medio.”


Este artículo ha sido en primer lugar (en catalán) en el blog del autor: algunsaprenentatges

Lluís Moregó

Escric per recordar, per agrair i no perdre de vista el que importa de veritat. Si ho tinc present, la resta fa baixada. El millor que he fet en 22 anys de vida ha estat envoltar-me de les persones amb qui he decidit compartir-la.
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Escribo para recordar, para agradecer y no perder de vista lo que de verdad importa. Si lo tengo presente, el resto va cuesta abajo. Lo que mejor he hecho en 22 años de vida ha sido rodearme de las personas con las que he decidido compartirla.
Lluís Moregó

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