Segundo srtículo sobre Europa que cierra las dos aportaciones de nuestros colaboradores para la campaña electoral


Durante este mes de mayo celebramos dos efemérides muy importantes para todos los europeos: la primera, el 8 de mayo de 1945 la rendición alemana señala el fin de la II Guerra Mundial sobre territorio europeo y, la segunda, estrechamente relacionada con la primera, el 9 de mayo celebramos el Día de Europa, en conmemoración de la Declaración Schuman de 1950, el primer paso hacia la integración europea. Está claro que Europa ha cambiado mucho desde entonces, pero uno de los elementos que definían aquella idea de Schuman (y de los demás padres de Europa) continúa siendo válido todavía hoy como una de las características preciosas de la Unión: la capacidad para vivir en la frontera.

¿Qué significa vivir en la frontera? Se trata del encuentro entre personas y culturas diferentes, que generan formas de ser e identidades múltiples, y que hacen “habitables” las fronteras. La «frontera», quizá, no signifique para todos lo mismo: la frontera es más que el trazo administrativo que delimita dos entidades, es «un área de paso y dónde pararse, un lugar de tráfico donde se hace la experiencia del cambio», dice Stefano Zamagni, uno de los máximos exponentes de la nueva economía civil. Las fronteras son como esponjas que permiten que realidades diferentes entren en contacto. Así que podemos afirmar que, desde el establecimiento del espacio de libre circulación de personas en Europa (el famoso espacio Schengen), la frontera es mucho más que un espacio físico –la aduana o el control de seguridad del aeropuerto- sino que ha hecho que sean todas las ciudades y barrios de Europa, los lugares donde podemos crear una cultura del encuentro que vaya más allá de las barreras culturales: esto es Europa. No se trata de un espacio libre de fronteras, sino una frontera ella misma.

A quién todavía no le haya convencido mi explicación, le pongo un ejemplo. Para jugar al ajedrez hacen falta esencialmente dos cosas: el juego (es decir, el tablero y las piezas) y un segundo jugador. Un mundo sin fronteras sería como si no existiera este segundo jugador. No podría existir otro, puesto que habríamos eliminado todas las diferencias entre personas y no seríamos más que un producto más de una cadena de montaje. Pero quién quisiese imponer barreras y alzar muros para defender su particularidad tendría casi exactamente el mismo problema: quizá encontraría un segundo jugador, pero él querría jugar al ajedrez y el otro a las damas, incapaces de un diálogo. Individuos aislados incapaces de entrar en contacto el uno con el otro, que es la visión que intenta imponer el consumismo.

Estoy hablando, por supuesto, de tendencias llevadas hasta el extremo, pero si damos un vistazo al pasado, podemos ver que nuestros antepasados han desarrollado, a veces hasta el extremo, muchas cualidades: en Europa ha nacido la filosofía, pero también el nihilismo y la idea del absurdo; se ha desarrollado el cristianismo, pero también el ateísmo; ha creado la Inquisición y la persecución religiosa, pero también ha engendrado la tolerancia y la libertad de pensamiento; ha visto nacer las teorías liberales, pero también cuatro Internacionales marxistas; en ella ha crecido la democracia, pero también el fascismo; hemos construido guetos y campos de exterminio, pero también fuimos los primeros en redactar los derechos humanos. ¿Qué quiero decir con esta lista, forzosamente incompleta? La característica de Europa a través de los siglos no es la diversidad, sino su forma de vivirla. Es la complementariedad, que nos ha enseñado que caer en los extremos no conlleva nada positivo.

¿Qué decir en resumen? Quizá de forma idealista (puesto que el riesgo de caer hacia los extremos está siempre presente, una de las pequeñas desventajas de la libertad), diré que la experiencia de todos estos siglos no nos ha enseñado a tener la razón, sino precisamente “a no tenerla”. Aceptar al otro tal y como es, implica reconocer –recíprocamente- que a veces no tenemos la razón. Esta es la base de la convivencia. Esta tendría que continuar siendo la base de la Unión para avanzar en todos los desafíos –que siempre tendremos- en esta deliciosa aventura de continuar caminando juntos hacia el horizonte inalcanzable, ya que, como dijo María Zambrano, «el paisaje europeo es puro horizonte». ¡Buenos días, Europa!


 

Romà Tersa

Nat a Barcelona el 1990, és politòleg per la UPF i ha estudiat a l’Institut Universitari Sophia a Loppiano (Italia). S’ha especialitzat en estudi dels nacionalismes i de la integració europea. També es dedica al mester de poeta.

Nacido en Barcelona en 1990, es politólogo por la UPF y graduado por el Instituto Universitario Sophia de Loppiano (Italia). Se ha especializado en el estudio de los nacionalismos y de la integración europea. También es poeta en los ratos libres.
Romà Tersa

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