Podríamos afirmar que la mayoría de conflictos, incluso los conflictos armados, se perpetúan mediante la ignorancia. Así lo hacía yo misma desde hace tiempo, afirmando que la ignorancia domina el pueblo. Sin embargo, las realidades son múltiples y variables, y van más allá de la ignorancia. Es decir, aunque la ignorancia sea un eje de dominio sobre el pueblo, no es el único factor que alimenta y perpetúa los conflictos, hay uno que es mucho peor: la indiferencia.

Gramsci decía que la indiferencia es el peso muerto de la historia. Consideraba que si bien a primera vista puede parecer que tenga un papel pasivo, no deja de ser operativa, siendo parte de un engranaje que funciona gracias a esta pasividad. Por eso, su mensaje animaba las personas, como ciudadanos y partisanos, a tomar partido, en definitiva, a vivir y estar vivo. Y es que a partir del momento en que formamos parte de una sociedad, nuestra existencia y nuestro estilo de vida tiene afectaciones sobre la sociedad. Muchas más de las que nos pensamos.

Actualmente, tenemos conocimiento de muchos conflictos armados, pero también desconocimiento de muchos conflictos olvidados. Aunque hay que subrayar que vivimos en una era digital que nos ofrece muchos más canales de información a diferencia de hace solo unas décadas. La pregunta es: ¿queremos saber cuántos refugiados son estafados, maltratados, violados y asesinados?, ¿queremos saber cuántas personas mueren en las aguas del Mediterráneo para acceder a la muralla europea?, ¿queremos saber cuántos niños han muerto de hambruna o por bombardeos hoy?, ¿queremos saber la situación actual de guerras que ya no son novedosas? No, lo queremos ignorar conscientemente.

Escribo des de Cataluña, Europa, Occidente. Aquí solemos tener prisa, mucho trabajo y poco tiempo. Nos cansa ver las noticias porque “todo son muertos y desgracias”. Pero, ¿cuál es el tope para seguir permitiendo estas situaciones, existe realmente? Tenemos muchos privilegios, en exceso. Y, a menudo, los privilegios nuestros son sinónimo de vulneración de los derechos humanos más fundamentales de los otros, empezando por el primero y el más importante de todos, el derecho a la vida. Tal y como recoge el artículo 3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”.

La revolución empieza en uno mismo y, me gustaría añadir que, la resolución de conflictos también. Por lo tanto, hay que tomar consciencia de la incidencia que tienen nuestros actos cotidianos sobre otras personas: la comida que compramos, la ropa que llevamos, los móviles que utilizamos, los vehículos de conducimos, las tiendas donde consumimos y en qué medida lo hacemos y, especialmente, ¿de qué bancos somos clientes, de la banca armada o de la banca ética? Hay alternativas. ¿Nos alegramos de comprar productos a precios muy bajos? Los descuentos y precios de productos excesivamente rebajados suelen ser sinónimo de explotación y vulneración de les derechos humanos durante toda la cadena de producción. Empezando por los territorios donde se extraen las materias primas, pasando por las fábricas asiáticas, hasta llegar a las tiendas y centros comerciales para ser productos comprados y, más tarde, convertirse en residuos prematuros, en plena vida útil, siguiendo su viaje intercontinental hasta morir en vertedores incontrolados.

Es exasperante oír decir que no se puede “arreglar el mundo”, que vamos demasiado ajetreados. ¿En qué, en seguir destruyéndolo? Podemos arreglar este mundo si empezamos a arreglar nuestras vidas y a tomar consciencia de que somos creyentes de una religión que no permite que haya ateos ni el decrecimiento, la religión del capital, con otras palabras, capitalismo. Hay políticas de capital y no políticas sociales, hay políticas de libre mercado y no de libre circulación de las personas. Estamos inmersos en esta partida, avanzamos de la casa al trabajo y parece ser que la prioridad no es la vida y la dignidad de las personas, sino la vida de las grandes corporaciones y multinacionales, que justamente también están detrás de las grandes empresas mundiales de armamento y, por supuesto, de gobiernos. Tenemos medios para saberlo, ¿afrontaremos ser cómplices de ello?

Así que, para terminar, o para empezar, hay que desarrollar esta reflexión, individualmente y colectivamente, sobre las repercusiones de nuestros actos y del derecho a la vida de las otras personas también. Como si estuviera en juego nuestra propia vida. Y es que, en realidad, la guerra y las violaciones masivas de derechos humanos no matan tanto como la indiferencia.

Judith Jordà Frías

Inquieta, compromesa, apassionada... Casa seva és el món. Escriu sobre el terreny, plasmant en paraules les petjades que la realitat, no sempre justa, li deixa a l’ànima.

Inquieta, comprometida, apasionada... Su casa es el mundo. Escribe sobre el terreno, plasmando en palabras las huellas que la realidad, no siempre justa, deja en su alma.
Judith Jordà Frías

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