Veintiuno de junio. Empieza el verano y el calor asfixiante, pero no podemos decir que hace un sol de justicia. Algunos, ya planean sus vacaciones, reservas de hoteles para ir a las playas cristalinas del Mediterráneo. Otros, navegan por el Mare Mortum para intentar llegar a tierra firme, la Unión Europea (UE), que de firme no tiene nada porque parece que sus principios fundacionales se han desvanecido. En este caso, las vacaciones son el regalo de saber que todavía se está vivo, sin saber hasta cuándo.

Empecemos por el principio: el derecho humano a la vida. Un derecho que parece que se haya convertido en un privilegio de Occidente y para los occidentales. Este derecho es el primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y también de la larga lista de derechos que se vulneran. Aparentemente, parece un tema de rigorosa actualidad, pero las migraciones y los desplazamientos son acciones intrínsecas en el ser humano.

Pero, hablemos claro del contexto en el que vivimos. La Revolución Industrial ya fue el resultado de la mano de obra de la trata negrera de los siglos anteriores y del espolio de recursos naturales mediante la colonización, que todavía sigue existiendo hoy en día (un ejemplo del neocolonialismo es Franceafrique). Aquel progreso de los grandes países democráticos, aquellos ideales de libertad, igualdad y fraternidad, en realidad, se forjaron a base de exclusión, desigualdad y racismo. ¿Pero cuál es la diferencia? Que las aventuras coloniales y exóticas pasaban más desapercibidas. Desde principios del siglo XX hasta la década de 1950 se podía transitar, explorar i volver a casa con los bolsillos bien llenos. Pero, poco a poco, a partir de 1920, las políticas de circulación se relacionaron con criterios económicos y de nacionalidad, eso sí, algunos de estos territorios no habían dejado de ser países de emigración hasta los años 1950. Después de la Primera Guerra Mundial, Francia y Gran Bretaña erigieron un modelo de política selectiva, que hoy, literalmente hoy, sigue presente, pero en su máximo exponente.

En definitiva, una vez se han recogido todos los frutos, también durante las últimas décadas, con mano de obra de otras partes del mundo para cubrir trabajos mal pagados y que no quiere hacer nadie, entonces se cierran las fronteras, especialmente la vergonzosa Frontera Sud de la Mediterránea. Vemos como se han construido muros, vallas con concertinas (al frente, European Security Fence, una empresa española que desgraciadamente lidera este “mercado de defensa” para impedir aquella acción tan básica y tan humana, moverse). También vemos cámaras i prisiones, eufemísticamente hablando, campos de refugiados y Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE).

Un refugiado se diferencia de un inmigrante, definido inapropiadamente, porque tiene el derecho de asilo. Al fin y al cabo, después de ver la inacción de la UE, esto supone que las personas solo pueden escoger morir por bombas y ataques de drones o de hambre en los países de origen, o bien a la deriva durante el trayecto. Personas de segunda y de tercera categoría, que se les trata como si fueran mercancía retornable.

La situación va a peor segundo por segundo, hoy mismo el ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, se ha referido a los migrantes como a “carne humana”, como “carga humana” y ha enunciado que el gobierno italiano no se encargará de más salvamientos. A la vez, ha criminalizado las ONG, acusándolas de traficar con humanos. Pero, esto no es todo, hoy mismo, la Comisión Europea ha avalado un proyecto para “externalizar” lo que denominan “crisis migratoria”, en otras palabras, un cierre todavía más impermeable de las fronteras europeas, de esta Europa fortaleza. El objetivo es hacer campos de refugiados de selección de personas, pero lo han definido como “plataformas de desembarque regional” que se situará en un país norte-africano, todavía por definir, así que no será necesario ni pisar el territorio europeo. Esta idea proviene del Primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ideario también de la ley “Stop Soros”, que pretende imponer sanciones económicas e, incluso, penes de prisión de hasta un año para penalizar las personas que ayuden los migrantes. Ayer, 20 de junio, era el Día Mundial de las Personas Refugiadas. Ayer, 20 de junio, el Parlamento húngaro aprobó esta ley con el fin de ilegalizar el activismo y la labor humanitaria. Con el fin de ilegalizar la fraternidad. Del mismo modo que lo hace el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, al criminalizar los migrantes diciendo que son “personas que infectan el país” o al intentar aplicar políticas que separan familias con menores entre la frontera de México y los Estados Unidos. Todos estos discursos xenófobos, racistas y clasistas se intentan normalizar y están dando paso a proyectos que vulneran el Derecho Internacional Humanitario y que denigran el ser humano como tal. No solo las personas que están en tránsito, sino que también, a otro nivel, las personas que vivimos en esta falacia, donde antes que la democracia se prioriza la seguridad. Bien, la seguridad económica de unos cuantos, en todo caso. Y es que vivimos con políticas de capital, no sociales. Las cifras hablan por si soles: el presupuesto de gestión de fronteras y migración de la UE era de 13.000 millones para el período 2014-2020 y se pretende aumentar hasta a 34.900 millones de euros, es decir, triplicar la cifra anterior, para el período 2021-2027.

No creo que se trate de una crisis de refugiados, se trata de una crisis de valores, de una crisis sistémica del capitalismo y de Occidente. En castellano, hay una frase hecha que lo define muy bien, cornudo y apaleado. Hoy en día, estamos viendo esclavitud (también sexual), tráfico humano, asesinados, tortures, robos, estafes y otros actos contra personas que huyen de la muerte. No se trata de querer acoger o no. El derecho de asilo más que un imperativo legal es un imperativo moral. Y estas mismas personas, no solo reciben estos tratos por el camino (de mafias, gobiernos, cuerpos policiales y paramilitares), sino que ya vienen de soportar conflictos, se van de sus casas porque no tienen esperanza de vida, o como mínimo, de vida digna. Pero es que además, hay que hacerse la pregunta de por qué hay conflictos y quien los finanza. Rebobinemos: son los mismos estados europeos que se lucran vendiendo armamento a países con conflictos armados. A título ejemplificativo, según el Informe 29 del Centre Delàs d’Estudis per la Pau, las exportaciones de armamento entre el año 2006 y 2015 de España, el séptimo exportador de armamento a nivel mundial, superó los 3.000 millones de euros. Y ahora, el gobierno español se cuelga medallas para acoger un barco, dejando los otros a la deriva, y cerrando las personas de este barco en CIES o repartiéndolas en otros países como si fueran fichas de ajedrez con el fin de no superar la “cuota”, este umbral establecido en función del país, que mantiene las casas vacías y las aguas del Mediterráneo llenas de muertos. Y mientras tanto, sigue vendiendo armas en zonas de conflicto, un negocio muy lucrativo con costes humanos.

Las personas no somos un delito ni una mercancía.


Lectura recomendada: Expandiendo la fortaleza ( Las políticas de externalización de las fronteras de la UE)

Judith Jordà Frías

Inquieta, compromesa, apassionada... Casa seva és el món. Escriu sobre el terreny, plasmant en paraules les petjades que la realitat, no sempre justa, li deixa a l’ànima.

Inquieta, comprometida, apasionada... Su casa es el mundo. Escribe sobre el terreno, plasmando en palabras las huellas que la realidad, no siempre justa, deja en su alma.
Judith Jordà Frías

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