Poesía escrita desde Nablus (Palestina) el 17 de octubre de 2015, esperando que militares israelíes demolieran una casa. ¿El motivo? Habían detenido un miembro de la familia en una manifestación, no sabían por qué, ni dónde estaba el joven, ni tan sólo si estaba vivo o muerto. Además, les demolían la casa, un bloque de cuatro pisos con dos casas/familias por piso. Un total de ocho familias se quedaban en la calle. Y, de paso, se borraba su existencia de aquella parcela, de aquella tierra. Este poema explica sensaciones de aquel atardecer en aquel patio, de como aquellas personas contemplaban lo que había sido su vida hasta entonces, de cómo se destruía, de cómo se desvanecía en un segundo la lucha de tantas generaciones.

Esta es una realidad frecuente para los palestinos y muy a menudo desconocida o ignorada por los medios de comunicación. Se trata de demoliciones de casas donde viven familias enteras, se trata de un castigo colectivo. No denunciarlo es una forma de colaboracionismo, a mí entender. No intento estigmatizar ni crear confrontación entre palestinos e israelís, al contrario, romper discursos demasiado arraigados y explicar lo que pasa, lo que se esconde sistemáticamente como son: las demoliciones, tirar líquidos de excrementos con cubas a manifestantes, las detenciones administrativas a niños incluidos (de era colonial e ilegales), no comunicar a las familias si los “detenidos” están presos (ni dónde) o si están vivos o asesinados con una bala por tirar una piedra en una manifestación. Piedras contra balas.

Mi alma exiliada

Entre sombras, siluetas y perfiles,

la abuela, cubierta con el velo blanco,

refunfuña en el porche.

Angustiada y con la mano en el corazón,

sufre con una sola letra,

con su último aliento:

ah… chilla incesante,

aah… con fuego en la mirada,

aaah… y le dicen que se calle.

aaaah… y me dicen que es muda.

Es muda y le dicen que se calle.

Arriba y abajo, se mueve, se levanta,

camina, vuelve y ya no está.

Entre luces y sombras, desaparece,

como su nieto,

de quien se lamenta desde hace semanas,

pensando si está vivo o muerto,

“desaparecido”, dicen,

a mano y arma de los militares.

I por esto están aquí ahora,

no es suficiente castigo no saber si está vivo o muerte,

para ir en una manifestación,

que quieren demoler la casa de tantas generaciones.

Quieren exterminar la presencia de estas generaciones,

pasadas, presentes y futuras,

demoler su lucha y su persistencia,

demoler su existencia.

Por el patio, corredizas de niñas y niños,

descubiertos y con vestimenta occidentalizada,

juegan sin saber muy bien lo que ocurre.

En el fondo, chasquean banderas y hojas,

el viento no se lleva nada aquí.

Anclado y encastrado,

el terror se perpetua en esta tierra.

No me atrevo a decir paredes porque espero,

espero a que me digan “ya está”,

que los buldócer están demoliendo la casa.

En nombre de “Israel”,

el delito es vivir, querer vivir libre.

El delito es ser palestino.

A quien tira piedras le llaman terrorista.

Piedras contra balas.

Cualquier puntal de nitidez y de respecto

está retorcido, enrevesado y trabucado.

Cuarto creciente y un cielo de infarto.

Me voy de la casa,

por última vez.

Camino por Nablus,

entre mezquitas verdes encendidas.

Otro rezo,

otra luna.

La misma lucha

para intentar desarmar esta tortura,

mi alma exiliada.

J.J.F.

Nablus, atardecer del diecisiete de octubre de dos mil quince.

A las dieciocho y cuarenta minutos.

Judith Jordà Frías

Inquieta, compromesa, apassionada... Casa seva és el món. Escriu sobre el terreny, plasmant en paraules les petjades que la realitat, no sempre justa, li deixa a l’ànima.

Inquieta, comprometida, apasionada... Su casa es el mundo. Escribe sobre el terreno, plasmando en palabras las huellas que la realidad, no siempre justa, deja en su alma.
Judith Jordà Frías

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