Una respuesta al Coronavirus, inspirada en una iniciativa surgida tras la erupción del volcán Taal en las Filipinas.

Con la actual versión del Coronavirus (COVID-19) extendiéndose por todo el globo, es difícil no estar preocupado. Yo nunca había estado excesivamente preocupada por mi salud, pero ahora un cosquilleo repentino en mi garganta me provoca un ligero ataque de ansiedad: ¿Será el virus? ¿Estuve demasiado cerca de aquella señora que tosía en el metro? ¿Me lavé las manos después de haber tocado aquella baranda? Y, ¿Qué pasa con mis padres, ya mayores, que viven bastante lejos de donde yo vivo, en una región con abundantes casos? ¿Están tomando suficientes precauciones? ¿Y si la economía sigue cayendo en picado? Tenía que esforzarme para poderme controlar.

Una mañana, introduje en mi plegaria mi propio sentido de impotencia ante una miríada de incertidumbres que el COVID-19 trae a nuestras vidas de cada día. Fue entonces cuando me acordé de un magnífico relato que me habían contado sobre la gente de Tagaytay, la comunidad de los Focolares cerca de Manila, en las Filipinas. Tras los devastadores daños causados por la erupción del volcán Taal en enero de este año, aquellas personas vivían inmersas en su propia ansiedad, su pueblo estaba cubierto de cenizas y el trabajo para limpiar todo aquello era intenso. Pero sus corazones eran grandes y también podían abrazar las dificultades de sus amigos de Laurel -una población a algo más de cuatro millas del cráter-, que todavía tenían que esperar un largo tiempo antes de poder regresar a sus casas.

Y crearon un grupo de WhatsApp al que llamaron “Equipo TAAL”, transformando el nombre del volcán, que tanto daño había causado, en el acrónimo “Tagaytay ascolta (escucha a) Laurel”. Uno de los miembros del equipo contaba: “Este nombre nos ayudaba a recordar que, por encima de todo, nuestro deseo era escuchar a la gente, con objetivo de compartir su dolor y descubrir juntos cómo podíamos ayudarlos concretamente, especialmente a los que sufrían más”.

El equipo de escucha de Tagaytay fue el primero que visitó muchas de las casas de Laurel, algunas de ellas destruidas. No les llevaron muchas cosas: un bote de gachas de arroz para compartir, mascarillas y algunos sencillos juguetes para los niños. Pero estaban allí para escuchar con un corazón abierto, acogiendo, a menudo en medio de lágrimas, los relatos de lo que aquella gente había sufrido. “Resurgimos de las cenizas –escribieron– junto con nuestros vecinos”.

Mientras rezaba, el ejemplo inspirador de ese “equipo de escucha”, me susurraba en mi corazón: “Tu también puedes hacer algo; no puedes sacar paladas de ceniza en Filipinas, pero puedes estar atenta a tu vecino: también puedes formar parte de un equipo de escucha”.

Advertí que una cierta calma empezaba a sustituir a mis oleadas de ansiedad. A lo largo de mi día de trabajo en la universidad, sentía que esta nueva calma me ayudaba a ajustar mis antenas haciéndolas más sensibles, a prestar atención a quien necesitaba contar sus propias preocupaciones. En el pasillo, un colega me habló de su preocupación por su anciano padre que estaba en cuarentena en otro país y él no sabía si estaría más seguro aquí o allí. También expresó su disgusto por la cancelación de un viaje de estudios que llevaba tiempo planificando. Y descubrí que tenía tiempo para acogerlo, para escucharlo.

Encontré en mí una energía nueva para compartir las frustraciones de otro colega que estaba batallando, en interminables reuniones, sobre decisiones administrativas que pretendían cancelar numerosos programas internacionales. En el despacho, durante una tutoría, descubrí un nivel de empatía más profundo con un estudiante preocupado porqué las interrupciones provocadas por las restricciones de tráfico no le dejaban concentrarse.

Más tarde, con un grupo de estudiantes de mi seminario, descubrí en mí una capacidad nueva para transmitir no sólo una sensación de calma, sino también que mi máxima prioridad era tener una ventana abierta para cada uno de ellos, o una video conferencia, si nuestros contactos tuvieran que llegar a ser telemáticos.

En otro momento de plegaria, mientras repasaba la semana, me di cuenta de que, comparadas con los desafíos globales, muchas de nuestras preocupaciones eran relativamente pequeñas, como el bote de arroz o los juguetes para los niños de Laurel. Pero el cambio interior era significativo y tal vez éste emergía especialmente del sentido de estar conectado a unos “equipos de escucha” que responden a muchas clases de crisis en todo el globo.

 


Amy Uelmen es profesora en la Georgetown Law School, Washington D.C.

Traducción del artículo publicado en inglés en la revista Living City de abril de 2020

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