Condenados a ser libres

«Restos es el nuevo cortometraje de Alejandro Morala»

Al inicio de Restos, un mendigo pide limosna en el suelo de una vacía y discreta calle. Solo está acompañado por un vaso donde depositar las monedas y algunos rayos de sol que le alumbran. Aparece de repente un joven, Adam, quien deja unas monedas en el vaso. El mendigo da las gracias pero el joven no responde, ni tan siquiera le mira, simplemente continúa con su camino. El mendigo vuelve a su soledad, pero Adam, sin saberlo, se dirige hacia ella.

Un mundo solitario es un mundo donde las personas, aún conscientes las unas de las otras, han decidido priorizar una idea o causa humana por encima del rostro ajeno, es decir, por encima del propio humano. Se abrazan a la causa, pero olvidan el rostro. Adam da limosna pero no mira a los ojos al mendigo, prácticamente lo obvia: el dinero ya es suficiente muestra de preocupación, la limosna como acción humanitaria. Pero el mendigo sigue en la calle, puede que con algunas monedas más, pero igualmente solo. No sabemos nada de su salud, estado de ánimo, necesidades… El dinero ha sido la respuesta absoluta de Adam, incluso antes de escuchar la pregunta. Sin embargo, ¿qué ocurre si sabemos que Adam da limosna por obligación laboral y no por altruismo o convicción? ¿Diríamos que ha sido una decisión libre?

La  libertad implica siempre compromiso pues nos vuelve responsables de nuestras acciones.  Cuando Jean Paul Sartre afirmaba aquello de que “el hombre está condenado a ser libre; porque una vez arrojado al mundo, es responsable de todo lo que hace”, no hacía sino cargarnos el mundo a nuestras espaldas, incitarnos a la construcción consciente de unos (nuevos) valores profundamente humanos. Sobra decir que Sartre, desde su posición existencialista, no creía en Dios ni en ninguna moral intrínseca al humano: todo es resultado de nuestra elección. Incluso no decidir, es también una decisión.

“Restos” nos muestra, precisamente, las consecuencias de cargarse el mundo a las espaldas. Hasta la fecha, Adam había obedecido estrictas órdenes de sus superiores de empresa. Unas órdenes que iban más allá de realizar una tarea específica o seguir un horario concreto: organizaban la ropa que debía vestir (sencilla y discreta), la comida que debía tomar (comida natural y fresca) e incluso la posición que debía ejercer respecto a los más desfavorecidos (obligación de dar limosna). No obstante, Adam no se rebela contra esta falta de autonomía, ni siquiera considera que sea una violación de sus derechos. Cuando le preguntan: “¿Crees en nosotros?”, responderá con decisión: “Por supuesto, más que nada en este mundo”. El caso es que Adam cree en el sistema y se entrega por completo a él, se funde en él.

Si Adam se hubiera rebelado, si desde un primer momento hubiera ansiado tomar decisiones propias y estuviera en lucha constante contra el sistema, la caída del mismo no le hubiera significado un problema. O, al menos, los problemas que pudiera ocasionarle no serían nada en comparación a la excitante conquista de la libertad. Pero al joven le llega esta libertad sin haberla pedido ni luchado: le es impuesta. ¿Imponer la libertad? Sí, desde el momento que reconocemos la libertad como condena, como carga del mundo.

El sistema de empresa de Adam cambia radicalmente: de obedecer una estricta planificación de gastos pasa a gestionar libre e individualmente su sueldo. De alguna manera, Adam es arrojado al mundo sin mayor protección que la de sus propias manos; han borrado las huellas que seguía y debe comenzar un camino incierto. ¿Pero por qué resulta tan trascendental este cambio en el sistema de trabajo?

Adam había construido (o le habían construido) su vida sobre la base fija de una planificación total. Además, una planificación en la que, en mayor o menor medida, creía “más que nada en este mundo”, es decir, por encima del mundo. La economía como centro del todo.  De repente, lo pierde todo. El muro que le separaba del mundo (el muro de la convicción total) se derrumba, y Adam queda arrojado en él. En la soledad del trabajo podía abrazarse a su deber, a sus obligaciones, pero ahora el deber consiste en buscar dónde abrazarse. La libertad absoluta se vuelve desamparo, abismo de indecisión; y surge el mundo del consumo, el dinero, la evasión… Nuevos muros, nuevas prisiones.

Restos habla de la necesidad de ir más allá del dinero y de la renuncia a la idolatría. Restos exige restos de humanidad: mirar a los ojos, preguntar el nombre, dar la mano…  pero nunca humanidad impuesta, sino humanidad sentida, deseada. Así lo explica Emmanuel Lévinas cuando afirma que “lo que exijo a mí mismo no es comparable a lo que tengo derecho de exigir al Otro. Esta experiencia moral, tan trivial, indica una asimetría metafísica: la imposibilidad radical de verse desde fuera y de hablar en el mismo sentido de sí y de los otros; en consecuencia también la imposibilidad de la totalización”.

Lo total no es humano, en todo caso será divino. El humano solo puede improvisar sobre la incertidumbre, ser espontáneo ante las embestidas del mundo, escuchar algo más que a la razón pura. En definitiva, ver rostros, no utopías. De esta manera, frente al vacío de los escombros, los restos de humanidad que siempre han persistido por encima de cualquier muro y afán totalitario, podrán quizás salvarnos e indicarnos nuevos caminos. Los vasos que se han ido vaciando en el desamparo, volverán a llenarse de agua nueva y limpia. Vasos que tendrán algo más que unas simples y frías monedas: humanidad.

Alejandro Morala | 20 años. Vive en Valencia. Estudiando un grado universitario en Comunicación Audiovisual para dedicarse al cine, su gran pasión. Podéis seguir su trabajo en YouTube.

Josep Bofill
Latest posts by Josep Bofill (see all)
0

Finalizar Compra