Hace ya casi medio año que se anunció el fin del ‘roaming’ entre los países de la Unión. Una decisión de la Comisión Europea que, en contra de lo que se puede pensar, tiene más de cultural que de económica. ¿Por qué? Como sabemos bien, los cambios culturales no se realizan a corto plazo, sino que son tendencias de fondo que no se consolidan – por mucho que las instituciones las promuevan – si los pueblos no las aceptan como propias y, por tanto, las incorporan a su experiencia cultural, el filtro que tenemos para vivir y entender el mundo. Las políticas culturales no son decisiones de corto alcance que se puedan tomar fácilmente de hoy para mañana: no son pocas las iniciativas de este tipo que la Unión ha querido promover y que, o bien han encontrado el rechazo de los Estados miembros – siempre interesados en mantener un perfil propio en estos asuntos -, o bien han caído en el olvido.

En cambio, podemos considerar como iniciativas culturales algunas de las políticas no directamente encaminadas en esta dirección: por ejemplo, la libre circulación de servicios, personas y mercaderías tenía como objetivo principal, en una Europa de post-guerra que necesitaba reconstruirse, facilitar la creación de una área de intercambio no restringida a los mercados estatales. Sólo posteriormente, con la ampliación en muchos horizontes de la Unión y con la llegada de la tecnología suficiente para eliminar las altas barreras de entrada al mercado de la aviación (en pocas palabras: estoy hablando de la aparición de las compañías aéreas de bajo coste), esto ha representado una red de conexiones y desplazamientos de alta frecuencia que nos permite, sin muchos problemas, desayunar en Ámsterdam, almorzar en París y cenar en Roma en el mismo día, cuando hace doscientos años se tardaba meses. La proximidad y la facilidad han permitido crear una imagen cultural de Europa más o menos precisa, y sólo es necesario ver el mapa de rutas de las compañías de bajo coste más populares para darse cuenta de ello.

Pero, volviendo al ‘roaming’, la situación es todavía más exagerada. ¿Cuántos de nosotros hemos querido llamar a casa y la única solución que teníamos era esperar, con mayor o menor suerte, a que el hotel tuviera una wi-fi libre y que funcionase correctamente? En mi caso personal, residiendo fuera de Catalunya, el hecho de haber mantenido mi teléfono de prefijo +34 me permite desde hace unos meses, con gran alegría especialmente por parte de mi madre, llamar a casa más a menudo de lo que lo hacía antes sin el temor de un elevado coste o la dificultad de tener que buscar el tiempo necesario para hacer una llamada virtual que, a base de ser extraordinaria, me hacía sentir mucho más lejos de casa de lo que en realidad estoy.

A pesar de que la globalización hace cada vez más difícil la creación de identidades sólidas entre el mundo local y la fraternidad humana, parece que Europa puede ser capaz de desarrollar un proyecto de éxito para que un día podamos decir: “¿Bienvenidos a Europa!¡Bienvenidos a casa!”

Romà Tersa

Nat a Barcelona el 1990, és politòleg per la UPF i ha estudiat a l’Institut Universitari Sophia a Loppiano (Italia). S’ha especialitzat en estudi dels nacionalismes i de la integració europea. També es dedica al mester de poeta.

Nacido en Barcelona en 1990, es politólogo por la UPF y graduado por el Instituto Universitario Sophia de Loppiano (Italia). Se ha especializado en el estudio de los nacionalismos y de la integración europea. También es poeta en los ratos libres.
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