Un amigo mío de origen catalán, pero nacionalizado en Dinamarca, donde reside hace años, es diputado en el Parlamento danés y siempre pasa sus vacaciones de verano en su Maresme natal. A menudo conversamos y me comentaba su impresión sobre la forma de hacer política tan negativa – según su opinión – que tenemos por aquí, donde el “oposionismo” es el sistema habitual, y la derrota del adversario parece una necesidad; mientras el diálogo, la negociación y el pacto, no se tienen demasiado en consideración.

Me exponía casos concretos, y la forma de gestionarlos allá, en contraposición a la forma torpe cómo los tratamos aquí. Es psicólogo de profesión y me comentaba las características que debería tener una comunicación de calidad, ya sea personal o colectiva. Su concepción de la comunicación es la de un proceso de ida y vuelta. Dos momentos… Uno de emisión, otro de recepción. En el de emisión, el mensaje es fundamental para transmitir lo que pensamos o queremos decir. En el de recepción, el silencio, que abre paso a una escucha atenta a las razones del otro. Palabra y silencio, un binomio que debe ser equilibrado para que la comunicación sea buena.

Tanto de la palabra como del silencio, podemos hacer un buen uso o un mal uso. Usamos mal el silencio, cuando el otro espera una respuesta. Entonces, nuestro silencio es como una especia de castigo o aquel silencio de autosuficiencia que expresa menosprecio por el otro, o también aquel silencio cobarde que calla ante la injusticia, o el silencio irresponsable de los padres, que no dan respuesta a las preguntas de los hijos… Pero también existen silencios positivos, como cuando callo para dejar espacio a las palabras del otro, para escucharlo a fondo; o aquel silencio limpio de prejuicios, que no juzga al otro, sino que lo respeta, o aquel silencio de los enamorados, que con la mirada y la caricia se lo dicen todo… no es necesaria la palabra para no romper el encanto del momento, porque es un momento que habla por si mismo.

Existe también aquel silencio interior, que no es ausencia de palabras, sino que está lleno de significado porque nos aporta energía vital. Necesitamos estos momentos de silencio para encontrarnos a nosotros mismos, para rehacer nuestro equilibrio interior y escuchar nuestros propios sentimientos… limpiarlos de resentimientos, de miedos, de envidias, de egoísmos, que forjan negatividades y que nos hacen perder la paz. Cuando conseguimos apagar estas voces negativas, parece que se enciende aquella luz que ilumina nuestra vida, que nos ayuda a superar las dificultades y que nos impulsa a amar a los demás.

Lo mismo se puede decir de la palabra. Hacemos mal uso de ella, cuando la usamos para hacer daño. Aquella palabra de menosprecio, que insulta, aquella palabra que no dice la verdad, aquella palabra que provoca enfrentamiento. Por esto es tan importante la palabra auténtica, la que nos acerca a la verdad, la palabra que nos ayuda, que nos anima, que nos aconseja, aquella palabra que genera vínculos y nos une. Aquella palabra que por si sola tiene fuerza para cambiar y mejorar el mundo.

Esta conversación entre mi amigo y yo, la mantuvimos en una sala del Ateneo, donde la costumbre es que, si la conversación no es privada, la gente se acerca para escucharla. Era ya muy tarde y el encargado dijo que cerraba. No pudimos terminar la conversación. Todavía quedaron muchas cosas por decir. Cuando ya nos íbamos, una de las personas que escuchaban preguntó: ¿Cuándo volverán? Pensé: Lo ha encontrado interesante…

Antoni Pedragosa

Llicenciat en Ciències Químiques, Màster en Astronomia, casat amb la Blanca, dos fills, quatre nets, col·laborador habitual de Radio Estel, Ciutat Nova, i CAT-Diàleg. Assessor ocasional de la Eurocamara en temes de medi ambient.

Licenciado en Ciencias Quimicas, Màster en Astronomia, casado con Blanca, dos hijos, cuatro nietos, col·laborador habitual de Radio Estel, de Ciutat Nova i de CAT-Diàleg. Asesoramientos especiales en la Eurocamara,en temas de medio ambiente.
Antoni Pedragosa

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