Ningún contrato, por detallado que sea, podrá prever cómo realizar una actividad laboral, pues también depende de habilidades, capacidades y valores que aportamos gratuitamente. Es éste un componente esencial del trabajo cuyo valor no es medible.


¿Qué sentido tiene el trabajo? Pocas veces tenemos el tiempo de reflexionar sobre ello. Hay una marcada tendencia a considerar el trabajo como cualquier otro recurso o insumo, del que es necesario reducir el costo para ser eficientes. Se debe a esta visión reductiva del trabajo el uso de expresiones como “recursos humanos”, que deberíamos desterrar.

Trabajamos con y para los demás

Nuestra manera de trabajar y de considerar el trabajo dice mucho de nosotros. Aunque nuestra vida no se puede reducir al trabajo, éste es gran parte de ella. Allí volcamos saberes, experiencias, talentos, capacidades, intuición, creatividad, nuestra manera de socializar. Pese a la mentalidad individualista imperante, el trabajo de por sí es uno de los principales ámbitos de cooperación. Comenzando por la mera constatación de que cada trabajo depende de otros: nuestra empresa necesita de insumos que producen otras empresas, para ir al trabajo usamos el transporte privado o público, que a su vez depende de estaciones de servicio para el combustible, de talleres para la manutención de los vehículos…

Otro aspecto de suma importancia es que nuestro trabajo tiene sentido porque hay otros que lo reciben: el pan que producimos, la clase que preparamos, el servicio que brindamos, etc., tienen destinatarios. Podrá parecer una constatación muy banal, pero pensemos en ello cuando trabajamos y es muy posible que eso modifique nuestra manera de trabajar.

Precisamente la dimensión social de nuestro trabajar lo diferencia de lo que no es trabajo. Por ejemplo, un hobby es sin duda una actividad, con muchos elementos del trabajo, pero dirigida a nuestro entretenimiento, a nosotros mismos. Esta referencia a los demás hace que también sean trabajo actividades que normalmente no son remuneradas, como las de voluntariado o el cuidado del hogar. Por décadas no se consideró trabajo la actividad asumida por las amas de casa, por el hecho de no ser remunerada. Sin embargo, ¡cuánto valor tiene! Asimismo, es trabajo (y tampoco remunerado) el de los abuelos que, al cuidar a sus nietos, a menudo, permiten a los padres trabajar. Pocas veces se valora debidamente esta aportación.

Trabajo y gratuidad

Cuando se analiza la dinámica del trabajo, se suele pensar que éste depende esencialmente de los términos pactados en el contrato, los que fijan prestaciones y contraprestaciones. Es decir, se realizan determinadas tareas, en ciertas condiciones y a cambio de una remuneración. Desde luego, son aspectos necesarios e importantes. Pero no son los únicos ni los esenciales.

En primer lugar, el trabajo se alimenta de gratuidad. Sin aportaciones voluntarias y gratuitas no es posible que haya trabajo. La razón es que un contrato treball_2podrá definir más o menos en detalle el tipo de actividad que debo realizar, pero nunca podrá establecer cuanta intuición debo aportar en mi tarea, que tanta empatía volcar en la atención de los clientes de una tienda, qué tanta dedicación, entusiasmo, creatividad, experiencia, etc. Es decir, aportaciones que pueden transformar notablemente la calidad del trabajo prestado e incluso determinar la eficiencia de la empresa. Aun sin incurrir en errores o en mala praxis puedo realizar mi tarea en modo totalmente frío y distante de su sentido más profundo, y así seguir haciendo las cosas como siempre se hicieron, sin innovar, sin comprender mejor el proceso del que soy parte, sin establecer lazos con clientes y compañeros, limitándome a lo que establece el contrato.

De hecho, la huelga más eficaz es realizar el trabajo a reglamento. Es decir, ateniéndose pura y exclusivamente a los protocolos de actuación. No hay dudas de que nada puede funcionar de esta manera. Ningún equipo de trabajo puede tener buenos resultados con personas que se limitan a lo que les corresponde.

¿Y qué es la gratuidad? Son comportamientos que realizamos no porque recibimos algo a cambio, sino porque es bueno hacerlo, porque asumimos que eso aporta positivamente a nuestra tarea. Una sonrisa sincera, la empatía al resolver el problema de un cliente, la paciencia con la que buscamos un error que no aparece, la tenacidad con la que insistimos en un proceso que no ha dado resultados, el esmero con el que preparamos una clase… Es aquello que nos hace buenos trabajadores, buenos profesionales, buenos compañeros de trabajo y que puede transformar radicalmente el clima en nuestro equipo.

Valor infinito

La gratuidad de estos comportamientos, además de ser clave para la fluidez de toda relación contractual, nos dice también que esa aportación que nace de lo más profundo y bello de nuestro ser no puede ser medida con dinero. Gratuidad no significa que su valor es nulo, sino que es infinito, por tanto, retribuirlo significa desmerecerlo. Cuántas innovaciones productivas han surgido de la experiencia de alguien y han mejorado un proceso productivo. Pensemos también en la confianza que ha generado la persona que viene a nuestra casa a hacer limpieza y que sabemos que nunca se apropiaría de algo nuestro. ¿Cuánto vale esa confianza? Eso nos dice que nunca un sueldo podrá medir por completo el valor del trabajo de alguien. Por ello, deberíamos desterrar la consideración del trabajo humano como un recurso y su costo como el de cualquier otro insumo de la empresa. No lo es y este debate sigue pendiente.

De este modo, la actividad productiva adquiere una “historia” rica en valores que se incorporan a ese bien o al servicio producido. Ese mueble, ese aparato, ese artefacto es mucho más que el valor que le asigna el mercado, porque se alimenta de una historia de personas y de trabajo.

En tiempos en que la eficiencia y el nivel de beneficios parecen ser la única lógica que mueve las políticas empresariales, si queremos construir una verdadera cultura económica y del trabajo, debemos cambiar el registro para dignificar nuestra labor y así dignificar la economía.

Siempre se puede trabajar bien

Una última consideración. Más allá de las problemáticas referidas al ambiente laboral, no podemos esperar las condiciones ideales para trabajar bien. Sin perjuicio de que exijamos el entorno necesario, las herramientas adecuadas y un sueldo digno… la ausencia de tales condiciones no es motivo para trabajar mal. No porque me pagan mal, conduciré el autobús o el microbús como si transportara ganado o atenderé de mala gana a los clientes. Los demás no tienen culpa por eso y se merecen que lo hagamos bien.

El escritor italiano Primo Levi, quien sobrevivió al campo de exterminio de Auschwitz, contaba que pudo salvar su vida gracias a un albañil que compartió con él por meses parte de su ración especial de alimentos. Se la daban por realizar tareas de construcción. Levi se fijó en el detalle de que los muros levantados por ese albañil estaban bien hechos. Por supuesto, ese obrero detestaba Auschwitz y todo lo que ello significaba. Sin embargo, el trabajo bien hecho que realizaba hablaba de su dignidad, eran un canto a la vida aun en medio de un contexto de muerte. Siempre podremos trabajar bien.


Autor: Alberto Barlocci

Artículo publicado en la edición Nº 601 de la revista Ciudad Nueva Argentina

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