Ahora que entramos en una época en la que para la mayoría se produce un cambio de ritmo, para otros un período de descanso y de vacaciones y, para todos, una época de bochorno puede resultar adecuado pararnos a reflexionar sobre el futuro del trabajo. Especialmente porque se levantan muchas voces que no le pronostican ningún futuro, asegurando que cada vez será más escaso para las personas y que los robots y la inteligencia artificial ocuparán nuestro lugar… Seguro que algo de esto hay, pero…

Si miramos atrás en la historia, de hecho, en épocas remotas tampoco trabajaba tanta gente. La mayor parte de la población estaba formada por cortesanos, nobles, monjes y religiosos, mendicantes, enfermos, siervos, esclavos o mujeres. Dicho de otra forma, los verdaderos trabajadores, así con todas las letras, eran más bien pocos. De hecho, la etapa de trabajo masivo de las personas habría ocupado un espacio temporal de un siglo y medio en Occidente, no mucho más. Esta concepción moderna del trabajo – invención del humanismo, el catolicismo, la Reforma protestante, el movimiento socialista, la cooperación, los movimientos sindicales y las heridas de los fascismos y las guerras – ha puesto en marcha la mayor cooperación que haya conocido la historia de la humanidad. El trabajo, tal como lo entendemos hoy en día, es fundamentalmente una forma de cooperación a gran escala.

Si lo pensamos bien, la democracia es una forma de cooperación que multiplica las oportunidades. El mercado es también una competencia cooperativa, desvirtuado por la falsa creencia de que los términos competir y cooperar, son contradictorios entre sí, cuando en realidad son complementarios. Trabajar se ha convertido en la manera adulta de amar, la forma más seria de contribuir a nuestro bien y al de los demás. Y de hecho, tal como asegura el profesor Luigino Bruni[i], “de los retos de presente y de futuro que se nos plantean, solo saldremos adelante trabajando, trabajando mucho, trabajando mejor, trabajando juntos”.

En el fondo, la evolución que tenga el trabajo en la sociedad pone sobre la mesa una cuestión fundamental. ¿Tenemos el deber de socorrer a las personas necesitadas? Cuando uno se encuentra en necesidad (sin trabajo, sin recursos) ¿tiene el derecho de ser socorrido por la comunidad? Ligar este derecho – deber legítimo de ser socorrido (por ejemplo, a través de una renta garantizada) y el derecho – deber de trabajar, con el derecho de ciudadanía resulta extremadamente delicado. Una opción es la de considerar prioritario el nexo renta – ciudadanía. La segunda opción, que comparto, es la de priorizar el binomio trabajo – ciudadanía. El orden que me parece lógico y ético – de acuerdo también con los postulados del profesor Bruni – sería: socorres a las personas necesitadas – ciudadanía – trabajo. Aquí el orden sí que altera el resultado y, de hecho, si lo hacemos cambiará sustancialmente la visión que tenemos de democracia, trabajo y pobreza. Subordinar renta para vivir a trabajo, haría frágil la democracia. Es mejor separar la renta de la eventualidad de tener o no trabajo y asociarla al hecho de formar parte del pacto civil, entrando así en la lógica de la fraternidad y de los dones civiles y políticos.

Pero el trabajo es mucho más que un simple medio para tener ingresos y poder consumir. Como mínimo, el trabajo se puede asociar a tres aspectos fundamentales de la vida humana: 1) es el cimiento de la más gran cooperación de la historia, 2) es la forma más seria de hacer emerger nuestras capacidades y 3) liga los ingresos económicos a la reciprocidad. De hecho es tan importante que, hay quien considera el primer deber ético de una sociedad, hacer posible que los jóvenes puedan acceder a un puesto de trabajo al acabar sus estudios.

Amartya Sen advierte de que las pobrezas, también la pobreza laboral, no es cuestión de ingresos, sino de capitales. Generalmente los pobres lo son porque les falta capital educativo, sanitario, social, relacional, familiar… una carencia de capitales que conlleva una carencia de ingresos. Resolver la debilidad de capitales es una cuestión que pide mucho tiempo, mucho más del que dura un ciclo electoral y por esto se acostumbra a tomar atajos que actúan sólo sobre los ingresos. En cualquier caso, toparemos siempre con una enfermedad de difícil curación: el individualismo. Es una enfermedad que no se puede curar individualmente, sólo es posible desde una acción colectiva de la sociedad que, especialmente en momentos de crisis, tiene la fuerza y la capacidad de poner en marcha acciones colaborativas y cooperativas. La historia nos ofrece ejemplos y seguro que nos los continuará ofreciendo en el presente y en futuro.

Parece pues que noes verdad que el trabajo se acabará. Sin duda que haremos trabajos distintos a los actuales, menos pesados y más de servicios, pero tendemos que continuar trabajando, cooperando, amándonos a través del trabajo. La verdadera “riqueza de las naciones” de la sociedad presente y futura será la suma de relaciones mutuamente ventajosas. Mientras nos veamos los unos a los otros como portadores de necesidades y deseos aún sin expresar y continuemos utilizando nuestra inteligencia extraordinaria y nuestro amor creativo, habrá trabajo para muchos, quizás para todos. Me sabe mal si decepciono alguna expectativa de holgazanear…

Siguiendo una vez más al profesor Bruni, podemos afirmar que es el trabajo quien cuida al trabajo, quien lo salvará; hoy, ayer y con toda seguridad, mañana. También los niños y las niñas de hoy en día tienen derecho a soñar qué quieren ser de mayores: un trabajo, un oficio, una profesión. Diferentes de los que tenemos ahora, pero al fin y al cabo, trabajo.


[i] LUIGINO BRUNI, Capitalismo infelice (vita umana e religione del profitto), 2018, Editorial Terrafutura


 

Francesc Brunés

Col·laborador habitual de Ciutat Nova i també ... professor d'economia (jubilat), pare de dues filles, gironí d'adopció d'esperit universal, defensor de causes més o menys perdudes i, quan cal, conferenciant i tertulià.

Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), padre de dos hijas, gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas y, cuando hace falta, conferenciante y tertuliano.
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