Es bonito observar personas que dominan un oficio. Con habilidad y rapidez realizan su trabajo. Observaba cómo un albañil, con su destreza, levantaba una pared. Un ladrillo y después otro, con la cantidad de cemento necesaria, todo bien nivelado. Y la pared iba creciendo.

Después de un rato, cuando volví a pasar por aquel mismo lugar, la pared estaba ya terminada. Al verla, me vino a la mente aquella frase del pensador alemán Wolfrang Sofsky que afirmaba que la pared ha sido uno de los grandes inventos de la historia de la humanidad. Lo comparaba en importancia al del arado, la rueda o la escritura. A primera vista, parece una valoración excesiva porque, su función separadora, no genera demasiadas simpatías. Pero reflexionando más a fondo sobre el pensamiento de Sofsky, podemos encontrar en él una ambivalencia interesante.

Por una parte, la persona, como ser social, necesita apertura, relacionarse y generar vínculos. Pero es evidente que, en una sociedad plural y diversa, el hecho de relacionarnos y de convivir, requiere un esfuerzo. Y todo esfuerzo necesita también de un espacio de descanso. Es aquí donde la pared lleva a cabo su misión. Protege nuestra privacidad, la intimidad y el silencio necesarios para nuestro reposo.

Con todo, en una parte u otra de la pared, siempre hay una puerta. El uso que hagamos de ella dibujará el perfil de nuestra vida. Si la puerta sólo se abre para los que traen negocio y en cambio, permanece cerrada para los que tienen necesidades, nuestra vida será raquítica, reducida, egoísta… y los primeros perjudicados seremos nosotros mismos.

De la forma cómo gestionemos este refugio personal que es la vivienda, dependerá la calidad de nuestras relaciones. Una cosa será reflejo de la otra. Pero aún existe una dificultad añadida: el acceso a la vivienda no está al alcance de todo el mundo, ni mucho menos. Especialmente los jóvenes tienen muchas dificultades para conseguir una vivienda donde construir su vida. Los alquileres son caros y los precios de compra también. La especulación inmobiliaria hace bien su trabajo. La lucha derivada del endeudamiento nos deja sin fuerzas para afrontar otros aspectos más humanos de la vida, configurando una sociedad poco humana.

Con las redes sociales, las paredes parecen de cristal, y la gestión de nuestra privacidad debería continuar estando en nuestras manos. Y a pesar de todo, los albañiles continúan levantando paredes, espacios donde construir una sociedad que querríamos cada vez más humana y abierta.

Antoni Pedragosa
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