A veces pienso demasiado, escribo demasiado, explicito demasiado. Aquí estamos, ¿no? Explicitando. Nos gusta dejarlo todo hablado y nos paramos a comentar cada contraste, cada pequeño cambio que experimentamos en carne propia. Autoconocimiento, agradecimiento… conocemos bien sus ventajas. Pero como en la mayoría de actitudes que se convierten en habituales, acostumbramos a obviar los costes que nos suponen. Lo que dejamos de ganar, las facetas de la vida que dejamos de vivir, las jaulas en las que nos encerramos. Nos perdemos en las maneras de hacer que nos caracterizan y observamos a aquellos que son distintos con una curiosidad distante, como si nosotros no fuéramos capaces de tender hacia su forma de avanzar. De ir hacía delante. De esto nos sirven los años – me gusta pensar – para aprender a tirar hacía delante de la manera en que a cada uno de nosotros le resulte más plácida y llena posible.

Y, a pesar de las mil y una formas por descubrir, nos empeñamos en cerrarnos las puertas antes de hora. Me empecino en cerrarme las puertas anticipadamente. En buscar el aprendizaje allá donde creo que puedo encontrarlo en abundancia, renunciando  a gozar de todo lo que no encaje en los esquemas preconcebidos que, al final, son los me encarcelan. Últimamente me estoy construyendo el papel de víctima y ya va siendo hora que espabile. Que no escriba sobre el tema, sino que actúe. Me queda tanto por aprender de las personas que menos se me parecen… De los constantes, de los que no toman las decisiones, sino que las decisiones los toman a ellos. Y que después son los que se levantan como unos campeones con la energía y la sonrisa más anchas cada mañana. De los que no necesitan explicitar para estar allí cuando toca, ni colgarse medallas cuando hacen los favores que les pides. De los que se quedan y aguantan aquella media horita más, sólo porque al otro le hace ilusión. De los que no necesitan escribir textos llenos de palabras, porque sus actos hablan por si solos. De las horas que emplean y de todo aquello a lo que renuncian.

Un ego cargado de aprendizajes que se dan por adquiridos, debe saberse compensar con una mirada atenta hacía aquellos que directamente actúan sin el manual de lecciones aprendidas bajo el brazo. Y unos brazos ágiles para no quedarse en la mera contemplación, y apresurarse a ensuciarse las manos. Estar allí para cubrir las espaldas, dejarse las fuerzas y las horas, renunciar a veces a metas personales. Todo aquello que nos guía desde dentro, deja de guiarnos si no es permeable a lo que ocurre fuera. Y lo que más contrasta con lo que creemos saber y aplicarnos a nosotros, tal vez sea a lo que más atención conviene prestar.

Se acercan años de práctica, de dejar la teoría y la palabra aparcadas para volcarnos a los actos, que nos definirán más que las mil páginas de nuestra bibliografía. Años de escucha, de abandonar protagonismos, de convertirnos en receptáculos de Presente. De vaciarnos de las imágenes que hemos grabado en la piedra de nuestros planes. Si no, no habrá forma de ser libres. Años de prescindir de explicaciones que no deberían hacer falta. Que aquello implícito en nuestros gestos y en nuestro tacto, comunique el mensaje. Años para ir acortando la longitud y la frecuencia de estos monólogos, y de amplificar el oído en el silencio y en la mirada.


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Lluís Moregó

Escric per recordar, per agrair i no perdre de vista el que importa de veritat. Si ho tinc present, la resta fa baixada. El millor que he fet en 22 anys de vida ha estat envoltar-me de les persones amb qui he decidit compartir-la.
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Escribo para recordar, para agradecer y no perder de vista lo que de verdad importa. Si lo tengo presente, el resto va cuesta abajo. Lo que mejor he hecho en 22 años de vida ha sido rodearme de las personas con las que he decidido compartirla.
Lluís Moregó

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