Imagina una gran orquesta sobre el escenario: instrumentos de viento, instrumentos de percusión, instrumentos de cuerda… Quizás, también por ahí mezclado, algún cantante. Unas ochenta “voces” diferentes entre sí –violines, flautas, tambores, contrabajos- que tratan de generar una única melodía.


Esta música se presenta normalmente frente a un público también diverso: hombres, mujeres, niños, adultos… Cada uno con su historia personal, expectantes. Sin quererlo, entran en el juego del espectáculo musical, en ese intervalo de tiempo en el que se fusionarán en una experiencia unitaria y armónica bajo los efectos de unas notas musicales. Finalmente, quien es responsable de la armonía, del efecto, es el director de la orquesta. Asimismo, es precisamente el director quien enlaza la orquesta con el público, haciéndose el máximo garante de esta vivencia.

Probablemente, el director Zubin Mehta no se planteaba la escena en estos términos cuando, con dieciocho años, dejó su India natal para ir a estudiar música a Viena. Sin embargo, lo ha repetido innumerables veces a lo largo de su carrera.

Nacido el año 1936, la música corría por sus venas desde bien pequeño. Su padre-violinista autodidacta- fundó la Orquesta Sinfónica de Bombay y fue su primer maestro. A los siete años ya aprendía violín y piano y, a los dieciséis, empezó a dirigir la Orquesta Sinfónica de Bombay durante algunos ensayos. Resulta anecdótico para nuestro país que el compositor barcelonés Francisco Casanova transmitiera sus enseñanzas al joven Mehta a raíz de la amistad que mantenía con su padre.

Todos estos elementos apuntaban a una clara vocación musical y, sin embargo, desde los dieciséis hasta los dieciocho años, estudió medicina en el St. Xavier’s College de Bombay, ya que su madre quería que Mehta tuviera una profesión más “respetable” que la música. A pesar de ello, a los dieciocho, decidió seguir su pasión y estudiar con el maestro Hans Swaroswky en la Universidad de Música y Arte dramático de Viena, donde se graduó a los veintiún años.

Desde entonces, a finales de los cincuenta y hasta hoy, más de un lustro de carrera musical como director por todo el mundo. Es del todo imposible reseguir el gran número de conciertos que le han llevado a todos los continentes. Igualmente, destacan las más de ciento setenta grabaciones y su recuerdo como director de la Orquesta Filarmónica de New York (1978-1991), además de ser director vitalicio de la Orquesta Filarmónica de Israel, Director Honorario de la Opera Estatal de Baviera y primer

director de la Maggio de Florencia. Este increíble bagaje hace de Zubin Mehta un director excepcional y una persona de diálogo. En este sentido, son tres los aspectos principales del diálogo en Zubin Mehta.

El primero es la universalidad de su lenguaje. La experiencia musical del director indio ha unido bajo una misma experiencia –con sus particularidades en cada concierto- un gran número de personas de las más diversas condiciones, razas y lenguas. El trabajo de Mehta demuestra que el diálogo llega a ser tanto o más potente que la palabra, siendo muchos los lenguajes de los cuales éste se puede servir.

Con su trayectoria, el director indio ha conseguido reivindicar la música como uno de los lenguajes más universales del ser humano, en la medida en que cohesiona y genera comunidad en todas partes.

El segundo aspecto dialogal de Mehta es el uso de la música para des-cubrir la realidad: el diálogo hace resaltar aquellas realidades que antes eran invisibles. En este sentido, Mehta ha utilizado su música y su notoriedad para poner en primer plano ciertas causas sociales. Pacifista declarado, Mehta ha ido denunciando situaciones que atentan contra la fraternidad humana. A los veinte años, ya dirigió un concierto en un campo de refugiados húngaros en Austria. Más tarde, como protesta contra el Apartheid de Sudáfrica, se negó a ejercer como director en aquel país. Asimismo, dirigió un concierto en Belén durante la guerra de los seis días y promovió diversos eventos en los Estados Unidos para luchar contra el uso del armamento nuclear. Finalmente, uno de los conciertos más famosos en los que participó tuvo lugar en las ruinas de la Biblioteca Nacional de Sarajevo, con una fuerte carga simbólica. En resumen, la música de Mehta ha servido para poner de relieve y poner de manifiesto directamente ciertos problemas sociales, con objeto de buscarles una solución.

El tercer aspecto, más sutil y más especial, hace referencia al dominio del espacio de diálogo por parte de Mehta. Para que el diálogo sea posible, es necesario un espacio de vacío y silencio. En este sentido, es especialmente revelador el análisis que hace Otto Scharmer -fundador del Presencing Institute y autor de Teoría U- de la dirección de Zubin Mehta de la canción “No puede ser”, el año 1990. El director indio es capaz de conjugar dos orquestas y Plácido Domingo. Todo ello, en un final apoteósico en el que el director se hace invisible, a la par que va resaltando la figura del tenor y se mantiene la tensión del público mientras él va dirigiendo sutilmente las orquestas. Es el generador y garante de ese “espacio”, “escenario”, “silencio” para que el diálogo entre los músicos, el tenor y el público se haga posible en un apogeo final especialmente emotivo.

Jordi Rodríguez | Vamos a construir unidad y no uniformidad, así que, hablemos. Soy (¿qué quiere decir ser?) un cuestio-nato amante de la diversidad. He cursado Derecho y estoy acabando Humanidades, culpables de que escriba de vez en cuando.


De Jordi Rodríguez para #CN177 Somos música

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